LA VIDA SECRETA DE PETRA K

LA PINTORA OSCENSE TERESA RAMÓN ESCRIBE UN RELATO QUE ATRAPA Y SEDUCE AL LECTOR.

19,00 € IVA incluído

9788417817220

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TEXTO DE PRESENTACIÓN DE JAVIER GARCÍA ANTÓN. Me resulta difícil definir “La vida secreta de Petra K”. Novela en cuanto es relato, con un punto poético muy importante y sus dosis de tragedia y de drama. Es una pintura, ora tenebrista, ora policromática. Ora abstracta, ora figurativa. De repente, en la narración, toma cuerpo, dimensión, y se cincelan, a través de la imagen, conceptos escultóricos. Me adelanto a la autora para asegurarles que no es autobiografía, sino autoficción. Excelente definición que le pertenece. La primera expresión es de Marguerite Yourcenar: “Soledad… Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman… Moriré como ellos mueren”. A partir de ahí, si prestan atención, que como buenos lectores se aplicarán, dos sentidos les acompañarán a lo largo de toda la novela: la vista, cualidad de quienes quieren aprehender el mundo con su curiosidad, y el oído. A mí, Petra K me suena con la voz de Teresa Ramón. De hecho, en la corporeidad de las páginas, me ha asistido su voz, que arraiga la buena literatura en la palabra contundente, robusta y verdadera de Teresa. Arranca con un tenebrismo inquietante. “Una bandada de estorninos dibuja una flecha negra sobre el azul ensangrentado de la tarde”. Sensación inicial de novela negra, una muerte violenta en aroma de jardines de verano, la sombra de amargura, silencios densos envueltos en temblores, los charcos de sangre sobre el rojo centelleante anterior de tomates, ojos disparados en direcciones opuestas… Los oscuros no abandonarán nunca la obra. Del pueblo en la expresión intempestiva de los elementos a la ciudad, al entorno familiar, a la vocación de la artista en su núcleo convencional, a los amoríos y desamores, al enlace final, a la desnudez física y el impacto emocional de la joven casada. Petra K., ficción y aflicción. La miel en la luna de la luna de miel, las pinturas negras de Goya en los infiernos, Las uvas de la ira, la lectura, mucha lectura, el terrible accidente de tráfico, el Truman Capote de Philip Seymour Hoffman, la cárcel de cristal o de hierro invisible, la catarsis en los alumnos adolescentes, tímidos, osados, cautivos, acomplejados, valientes, prepotentes, frágiles, inseguros, delicados. Hacerse, crecer, encontrar el camino, la belleza y la magia. El juego de la profesora que no acepta el tuteo, y el respeto, y el humor: “No aprobarás hasta el día del juicio final por la tarde”. El palo. Y la zanahoria: “Vales mucho y, cuando te empeñes, sacarás la asignatura brillantemente”. Petra K, como la relatora, Teresa Ramón, siente fascinaciones: el lenguaje, la pintura y los viajes. A través de ellos, nuevos caminos, en el arte con materiales, texturas y conceptos, siempre investigando, siempre buscando a través de lacas, acrílicos, pigmentos, aluminio tras la experimentación de latón, acero, cobre y estaño… Y, a través de la creación, los horizontes. La novela aletea en un giro prodigioso. Hacer de la necesidad virtud, encontrar la oportunidad en medio de un ambiente otrora provinciano, hoy afortunadamente vanguardista. La exposición exótica. Un italiano, Italo Monti, acompañado de su esposa Lisa en el pequeño museo de arte contemporáneo de un pionero en la mitad de una pequeña provincia con Pirineo, FF, nunca suficientemente reconocido. Pintor experimental el trasalpino, yeso, hierro y cobre, originalidad y profundidad. Ávido de ver y conocer, dispuesto a llegar al taller de Petra K. y quedar prendado de la audacia de la pintora. Era llegado el momento de romper las amarras de la época, la vida doméstica, la monotonía de la ciudad, una concha de caracol que no se abre. En medio del desasosiego, Petra se enfrenta a la incomodidad y la incomprensión marital y familiar. Tiempo de volar, de coger ese tren que, en forma de avión, le permita llegar a destinos con su maleta cargada de libros, pinturas, pigmentos y la ropa imprescindible. Con el atuendo de la emoción de crear. La autora se adentra en el cuerpo del personaje, lo asalta, a pesar de que la fuerza de ambas provoque una tensión fructífera, de la que emanan grandes instantes en la narración. Y, en esa disputa, Petra aterriza en Roma, y la novela primero tenebrosa y luego costumbrista de una España timorata trasciende y se transforma en un libro de viajes y de personajes. Italo, Lisa, Fabio, Marcia, Pietro, Edgardo Manunci, Stefano, Nicola, rodeados de la belleza cuya descripción obedece a la simbiosis entre la literata y la pintora: los rosales, los arrayanes, las higueras centenarias, los bosquecillos, las construcciones solariegas, el mar, siempre el mar. Y la arquitectura. Exuberancia y belleza, socialización, exotismo incluso en lo gastronómico. El recorrido por Italia, por Peruggia, por Florencia, representa un trayecto emocional y artístico desde lo más hondo de los tiempos hasta su intención de la eternidad. Siempre la estrecha ligazón con los alumnos. Sempiterna y rígida su resistencia a abrir los brazos a cualquier amor que cercenara las ansias de libertad. “El egoísmo y la cobardía son asesinos implacables, oscuros delincuentes de la nocturnidad sobre las mujeres que tienen un camino a seguir en el mundo del arte. En las relaciones sociales externas aparecen como seres educados y amables… ¡Qué cinismo”. Su abuela Orosia, como todas las abuelas refranera, decía: “Santos de come y bebe, el diablo se los lleve” Petra retorna a su nido. Entremezcla, en viajes pretéritos desde la mente, algunas escenas definitivas de su personalidad, la que le arraiga con su abuelo y su padre, “ricitos de oro” que le llamaban. Sigue creando y exponiendo. El Bestiario, los Cráneos Exquisitos. Metamorfosis de ida y vuelta de Petra y Teresa, quizás la K de Kafka. Un alma libre, o quizás esclava de su amor por la cultura, no se detiene. “Descansar es empezar a morir”, leyó de Marañón en el suplemento cultural de ABC. Definitivamente, Petra decide que nada puede detener la libertad de la artista y de la persona, la realidad que recorre toda la novela. Altos de Chavón, República Dominicana, es la siguiente escala. Una narración prolija, repleta de figuras retóricas, propicias para unos sentimientos que son “columpios de espinos y rosas”. La sinestesia que juguetea con los sentidos, los silencios luminosos, las sombras azules. Las personificaciones, las metáforas, esos escorpiones oníricos que acaban siendo una fatal realidad. El relato caribeño es emocionante, plagado de intriga, de funambulismo emocional, de extraordinaria belleza. El carácter dominicano, la pasión corpórea y espiritual, el deleite de los sentidos, la exuberancia en las descripciones, el cromatismo invasor, otra vez el mar elevado a su expresión más sublime, la amabilidad del rector Stein, el virus contagioso del talento y del arte, la creencia en el ser humano y en sus capacidades, las virtudes profesorales de Petra K., asediada sin límite ni interrupción por las tentaciones, los valores humanos… Y más belleza, y más hermosura, y la libertad que se respira. Y la música de Bach y de bachata, y de Michel Camilo, y las exposiciones en Puerto Rico, Santo Domingo y en la Galería de la Parsons, su residencia con Stein como magnífico rector y, sobre todo, anfitrión. El relato de viajes tiene otra escala en Nueva York. Una semana por el MOMA, el Metropolitan, el Guggenheim, cosmopolitismo y arte, dolor, Zona Cero de las Torres Gemelas, Central Park, las difíciles relaciones humanas, los enfados y las reacciones más reconfortantes, ese helado de chocolate negro que resume el amor incondicional de una persona consciente de que no será correspondida. Dar tanto, sin pedir nada. Tiene que volver a España en su permanente lucha para que la vida cotidiana no convierta los sueños más extraordinarios en mediocridades cotidianas. La última etapa de Petra K. conduce a Asilah, al Foro Internacional de las Culturas, usos y costumbres radicalmente diferentes en Marruecos, paisajes de belleza inhóspita, una torre de babel pictórica de Estados Unidos, Japón, Colombia y España, peripecias al borde de la muerte, una creación sublime con los motivos que ofrece la naturaleza divina y la naturaleza humana. Eugenio Trías explica, en una crítica sobre una exposición de Petra Kl, que “el arte no existe si no provoca agitaciones en la memoria; pero no en la memoria concebida como facultad psíquica sino en la Memoria como Divinidad que nos arrebata y arrastra hasta permitir que, en el pincel, se plasme la imagen o el icono que de esa agitación llega a surgir. Lo que fue, lo que es y lo que será, que eso es aquello que contiene como presencia Mnemosyne”. Lee en el ocaso Petra la poesía de Qais ibn Al Mulawah: “Amo los nombres que se asemejan a su nombre. Y suenan parecido, o derivan de él. He contado las noches, noche por noche. Señor, haz que el amor entre ella y yo, Sea parejo, que ninguno rebase al otro…” Y, en ese preciso instante, Petra K. devuelve el libro a su Suprema Hacedora. La que ha creado materia en el color, color en la materia. Amarillos, fucsias, azules, rojos carmesí, verdes, sienas, ocres. La que ha llenado de buganvillas la vida. La que, durante días, me relatado, ora susurrándome al oído, ora con descripciones pasionales, ora con su fortaleza conceptual y humanística, una vida que ya no es secreta sino que se ha dado como legado al mundo. Y la Suprema Hacedora es Teresa Ramón.